lunes, 27 de julio de 2015

Un domador domado (por Ada Inés Lerner y Diego Alejandro Majluff).



 Un domador se jactaba de ser el único y verdadero artífice del arte de introducirse en las fauces de las fieras. Y no se limitaba únicamente a introducir la cabeza en la boca de los leones. En una época en que escaseaba la visita de espectadores al circo –la única fuente de ingreso de los trabajadores circenses- , el domador decidió transgredir las normas de buen gusto. Fue entonces que frente a la pobre platea, tomó con sus dedos pulgar y anular la trompa de un elefante, tan delicadamente como si se tratase de labios femeninos, e hizo el repugnante pero pasional gesto del enamorado que desbordado de pasión, acaso de incontenible voluntad,  se funde en la húmeda boca del ser amado. Un murmullo inasible se levantó desde el público, se mezclaban manifestaciones de aversión (la sociedad protectora de animales, las señoras de espíritu conservador, la mona Eugenia), admiración por la proeza (los adolescentes, las mujeres liberales, el malabarista) y de sorpresa (los padres de familia, los enanos, el presentador). El domador notó que la bestia se había erizado, que los pequeños dientecillos que tiene en la trompa para triturar las hojas le provocaban pequeñas heridas en su boca y que luego acariciaba esas lesiones tal como lo haría un humano. No le pasó desapercibida la erección del enorme pene del animal (y a esta altura del relato la sorpresa es también del lector), ni los suaves porrazos que le propinaba buscando su sexo. Esta actitud, normal de la bestia, no había sido prevista por el domador que retrocedía con pequeños pasos como si lo hubiera previsto antes, aunque hubiera preferido no hacerlo.
Advirtió que al público no le pasaba desapercibido lo que ocurría aunque opinaba que había sido previamente calculado. El domador todavía estaba esperanzado en que el elefante cesara con su empeño y que todo quedara en su proeza. El dueño del circo y algunos empleados (un enano luego lo confirmaba) notaron que al domador la situación se le escapaba de control y se apresuraron a traer a la elefanta joven para distraer al gran macho, pero éste la registró con un leve movimiento y continuó en su erótica lucha con el domador. La boca de éste último ya estaba muy lastimada y sangraba, esto excitaba más al animal. El domador, al no resistir el dolor, se desmayó y cayó. El público de pie gritaba enardecido, algunos excitados por la escena (el malabarista, la mona Eugenia y una prima del presentador) y otros por compasión (las señoras de espíritu conservador que lucían sus enaguas al público, el público al ver la intimidad de las señoras de espíritu conservador). Los ayudantes del circo, por orden del dueño, castigaron con látigos al paquidermo para que desistiera. Éste, los ahuyentaba con sus patas traseras, su trompa y sus gritos salvajes por el dolor pero con los ojos brillantes y de destello rojizo mientras que, con todo cuidado, evitaba lastimar con sus patas al domador; pero seguía empujándolo con su miembro, ahora sí, determinado a consumar el apareamiento al que había sido llevado.

sábado, 11 de julio de 2015

Instrucciones para elegir en un picado, de Alejandro Dolina.

Instrucciones para elegir en un picado
(por Alejandro Dolina)

  Cuando un grupo de amigos no enrolados en ningún equipo se disponen para jugar, tiene lugar una emocionante ceremonia destinada a establecer quienes integrarán los dos bandos. Generalmente dos jugadores se enfrentan en un sorteo o pisada y luego cada uno de ellos elige alternativamente a sus futuros compañeros.
 Se supone que los más diestros son elegidos en los primeros turnos, quedando para el final los troncos. Pocos han reparado en el contenido dramático de estos lances.
  El hombre que está esperando ser elegido vive una situación que rara vez se da en la vida. Sabrá de un modo brutal y exacto en qué medida lo aceptan o lo rechazan. Sin eufemismos, conocerá su verdadera posición en el grupo. A lo largo de los años, muchos futbolistas advertirán su decadencia, conforme su elección sea cada vez más demorada.
 Manuel Mandeb, que casi siempre oficiaba de elector observó que las decisiones no siempre recaían sobre los más hábiles. En un principio se creyó poseedor de vaya a saber qué sutilezas de orden técnico, que le hacían preferir compañeros que reunían ciertas cualidades.
  Pero un día comprendió que lo que en verdad deseaba, era jugar con sus amigos más queridos. Por eso elegía a los que estaban más cerca de su corazón, aunque no fueran tan capaces.
 El criterio de Mandeb parece apenas sentimental, pero es también estratégico. Uno juega mejor con sus amigos. Ellos serán generosos, lo ayudarán, lo comprenderán, lo alentarán y lo perdonarán. Un equipo de hombres que se respetan y se quieren es invencible. Y si no lo es, más vale compartir la derrota con los amigos, que la victoria con los extraños o los indeseables.

Narración: Diego Alejandro Majluff.