lunes, 30 de diciembre de 2013

Comentario de bar de Armando Puccio

  
    La necesidad de ponerle fin al año en transcurso está influenciada por diciembre que, además de limitarse a 31 días, es el último mes del calendario. 
                                                                                  (Armando Puccio, julio de 2010)

martes, 17 de diciembre de 2013

Coincidencia en la ruta





El cielo se mantenía despejado desde el amanecer. Solo algunas nubes abajo, hacia el Sur, rompían la monotonía entre el azul y la llanura.
Por el carril contrario de la autopista transitaba un ómnibus, y detrás la visión, una instantánea que duró apenas un segundo: mi vida, muy veloz, se adelantó al bus pasándolo por la izquierda.
Busqué una dársena sobre mi derecha, y al divisar una me detuve. Mis manos permanecieron sujetas al volante. La tensión tras la fugacidad del instante en que había durado la imagen, me dejó inmóvil. Inhalé aire profundamente y lo contuve. Después exhalé. Y en cada ejercicio de respiración hacía una pausa, una pausa en la que los latidos de mi corazón resonaban en cada parte de mi cuerpo.
Sentí el impulso de perseguir la fugacidad, al menos para encontrar el destino de aquél vértigo. Encendí el motor, y antes de volver a la ruta tuve la precaución de observar hacia atrás por el espejo retrovisor.
 A pocos metros, un cartel señalizaba un atajo hacia el carril contrario; una vez allí, doblé y tomé la dirección de la imagen fugaz. El viento desplazaba a las nubes del Sur hacia el Este, el costado del camino.
Mientras transitaba alcancé a un ómnibus, y, para transponerme, di un giro de volante a la izquierda. Aceleré. Y de nuevo la visión, una visión que duró apenas un segundo: mi vida, como un viejo film, pasó por el mismo carril adelantándome a mí mismo hasta evaporarse en la lejanía.
Llegando al límite interprovincial apuré mi automóvil tanto como el motor pudo responder. Preferí arriesgar la máquina, no era cuestión de que se me escape la vida justo cuando habíamos logrado coincidir, en la misma ruta, y hacia el mismo rumbo.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

El que al fuego resistió



Sucedió en un pueblo de provincia, que un pequeño gato de Angora, espantado por el estallido de una maceta, trepó en un poste de luz; y como no lograba descender, desde la altura maullaba pidiendo auxilio.
-¡Bomberos! ¡Bomberos!- gritaron los que habían presenciado el episodio.
La sirena de viento de la autobomba del pueblo se anunció de inmediato, y con el sonido irritante, el animal se alertó.
Cuatro bomberos, incluyendo al jefe del cuartel, conformaban la dotación. El gato, asustado por el movimiento en derredor a él, puso su cuerpo en guardia: lomo arqueado, uñas fuera de las manos, cola erguida y tensa. Pero al ponerse rígida la cola, tocó los cables que suministraban electricidad a la población, y entonces, las chispas producidas por el contacto encendieron los pelos.
El gato de Angora bajó del poste, cruzó la calle y se escondió en una de las viviendas de la vereda opuesta. Con los pelos en llamas, encendió una a una las habitaciones que recorría, y debajo de una cama se refugió.
-Menos mal que estamos aquí para apagar este incendio ocasional, pero no menos importante es que haya bajado el travieso animalito- se manifestó airoso el jefe.
Amedrentado por el agua que arrojaban los bomberos, el animal escapó por una ventana y se cobijó entre las ruedas de un camión, que, a causa de las llamas del felino, comenzó a incendiarse. El combustible se derramó como un hilo incandescente y se filtró entre los pastizales de los terrenos linderos.
Se oía el crepitar de la maleza seca a medida que se consumía, cada vez más distante aquel sonido, ya inalcanzable.
 Esta vez, el jefe de bomberos dijo asombrado:
-¡Caramba! Estamos preparados para bajar un animal y apagar un incendio, pero no para combatir este infierno que se ha desatado. Despliegue una línea más, Ordoñez.
El gato, mientras ardía, salió de la maleza persiguiendo a los roedores que escapaban de los campos en llamas. Su cola estaba completamente consumida, pero el resto del cuerpo tenía abundante pelo para alimentar la lumbre.
Corriendo a uno de los ratones, el minino ingresó a la quinta de Don Basualdo. Al escabullirse entre los árboles frutales y las hortalizas, encendió las hojas secas que, a la vez, consumieron toda la plantación. Don Basualdo, intentando acabar con el pirómano felino, soltó a sus dos perros. Pero el gato de Angora, aterrado por la persecución de los canes, huyó de la huerta en llamas y se escondió dentro de la cabina de la autobomba. En pocos segundos, el vehículo se destruyó sin que los bomberos alcanzaran a salvarlo; la poca agua almacenada en el tanque cisterna, se evaporó por la elevada temperatura.
-¡Ahora sí que estamos perdidos! –se lamentó una vecina llevándose las manos a la cabeza.
Enfurecido, el jefe de bomberos dijo:
-Quedó demostrada nuestra ineptitud frente a un gato que, inesperadamente, destruye el pueblo; pero más ineptos somos ahora sin nuestra herramienta de extinción.
El fulgor del incendio alumbraba los rostros desencajados de la población que se mantenía expectante. Todo lo que aún no se había quemado se derretía por el calor envolvente de las llamas. La misma suerte corrió el edificio municipal que no tardó en colapsar; pero antes de que esto suceda, el intendente había sido rescatado junto a la secretaria y dos empleados.
El destacamento de policía, la pequeña iglesia, el cine Monumental: todos reducidos a cenizas.
-Sería conveniente que salgamos corriendo de este quemadero antes de que nos derritamos nosotros también- aconsejó un vecino, y nadie dudó que lo más conveniente era actuar con prisa y decisión; ni siquiera tres de los bomberos, desahuciados, dudaron en abandonar la tarea.
-¡No hay tiempo para las pertenencias! –advirtieron.
-¿Cuáles pertenencias? Se nos ha quemado todo en pocos minutos-  protestaron desde la caravana que emprendía el éxodo.
-Mi pueblo… Mi pueblo consumido- se lamentó acongojado el intendente.
- ¡Ordoñez, no se quede ahí parado! ¿Está ciego usted?
Desde el centro del incendio, Ordoñez vio alejarse a la multitud. El gato aún corría como un condenado. El pobre animal había llevado el fuego con él, y, el poco pelaje que aún tenía sin consumirse, terminaba por hacerlo.
El bombero, solo, se sacó el casco y, dirigiéndose al animal, dijo:
-No se pueden ir así; tenemos que seducir a los habitantes para que regresen. ¿Qué te parece, amiguito?
-Miau… - respondió el cuadrúpedo.
Entonces, sabiendo que el fuego no había destruido los sentidos, de un soplido, el bombero apagó los restos ígneos que asomaban por las orejas del gato y se fue a descansar.
Ya era suficiente. Al otro día, lo esperaba la reconstrucción.