sábado, 30 de noviembre de 2013

Las aventuras de Cachito
(cuento infantil)

Soy un pez viajero, y son muy pocas las tierras –o mejor dicho, las aguas- que no he visitado. En mi maleta de viajes, conservo algunos recuerdos: piedras brillantes del fondo del océano; un anillo de oro hallado en un barco pirata en el Mediterráneo; y una pequeña botellita con una carta dentro.
Tengo otros recuerdos que, aunque de ellos no guarde un testimonio material que los certifiquen, como una foto o un relato escrito, permanecen vivos en mi memoria. Son recuerdos que sin duda han enriquecido mis viajes. ¿Quién puede quitarme la satisfacción de haberle ganado una partida de ajedrez al ser más inteligente de los mares? En la isla de Java destroné al gran ajedrecista, un intelectual asombroso: el pulpo. Pero además del juego, he ganado una gran amistad con él. Y después del triunfo, le estreché mi aleta derecha y le prometí que en mi próxima visita él tendría su merecida revancha.
Los mares tropicales, además de la calidez, tienen el encanto de la transparencia. Uno puede navegar tranquilo a plena luz del día sabiendo que, si un pez más grande acecha, cientos de amigos advierten del peligro. Yo mismo le he salvado las escamas a varias mojarritas desprevenidas que, de no ser por mi alerta, habrían sido presas fáciles de los tiburones.
Los sucios ríos, barrosos y empantanados, son un laberinto oscuro, y el paseo por esas aguas requiere de mucha precaución. En varias ocasiones, me choqué de frente con otro pez. Dialogando con un bagre, éste me explicó que los habitantes de esas regiones pantanosas tienen los ojos adaptados a la oscuridad. Mostrándome interesado en la conversación, me preguntó:
—¿Sabe por qué los bagres tenemos los ojos pequeños?
— No lo sé, don bagre, pero explíqueme el motivo— respondí.
 Para mirar chiquitito sin que no se nos meta el barro. Usted, con semejante vista, debería usar antiparras, al menos cuando recorre estos lechos.
Le di la razón, y pregunté:
—¿Y por qué sus bigotes son tan largos?
 Bueno, porque los bagres somos muy finos y reservados. Tenemos nuestro propio estilo, ¿no vio que siempre estamos en el fondo, lejos del resto?— concluyó.
 Sin embargo, las tortugas fueron las que mayor cordialidad me brindaron. Ellas, con asombrado interés, han escuchado cada una de mis historias y leyendas de mar adentro, donde nunca fueron. En casa de las tortugas, siempre he sido muy bien agasajado.
 ¿Otro bocadillo de algas del Río Paraná, estimado viajero?— solían convidarme.
Sucedió una vez, en un puerto marino, que el alimento que había en aquélla zona era tentador. Se veían cardúmenes de merluzas, pejerreyes y salmones que se sumaban al festín. El bocado era abundante, ni en mis viajes por el Pacífico había visto comida así. Y arrebatado, sin pensarlo demasiado, me precipité sobre el alimento, lo saboreé  y lo engullí. Pero caí en una trampa, como el resto de los comensales que había a mi alrededor. Una fuerza extraña, un tirón brusco que no pude controlar, me deslizó hacia el exterior. En pocos segundos estaba fuera del agua, junto a muchos compañeros que, como yo, luchaban por volver al mar.
Alguien desconocido se apiadó de mí. No sé si fueron los colores llamativos de mis escamas o mis ojos gigantes, pero una mano me apartó del resto y me colocó en una pequeña caja transparente, como los mares tropicales. Los mares, tropicales y transparentes…
A partir de entonces, empezaron a llamarme Cachito. Lo deduje enseguida porque era el único adentro. Solo. Solo con dos plantas de algas que si la hubiesen visto las tortugas, seguro que habríamos comido ricos bocadillos. Yo escuchaba “Cachito”, dos golpecitos a la caja y al instante el alimento venía desde arriba.
Comida y refugio nunca me faltaron, pero extraño la satisfacción de viajar por el mundo. Mi espíritu aventurero necesita volver a la acción. Pensé que Alaska podría ser mi próximo destino; eso sí, tendría que conseguir un guía que me prevenga de los osos polares y de los pingüinos. Me han dicho que por mi característica óptica, tengo la posibilidad de disfrutar mejor que nadie las auroras boreales.
Desde un principio supe lo riesgoso que sería quedar atrapado afuera, pero preferí arriesgarme en el viaje. Mi viaje: el salto que me llevaría a Alaska. Pero es de noche, está oscuro, y desde hoy a la tarde, una pececita de escamas coloradas se desliza tímida y sugerente entre las algas de la pecera transparente.

3 comentarios:

  1. ¡Sí! ¡Lo logré! Pensé que no iba a poder publicar algún texto en el mes de noviembre.
    Comparto con ustedes un cuento muy importante para mí por dos motivos que les comentaré a continuación.
    El primero es que lo envié a un concurso, y como aún no he tenido respuestas opté por compartirlo entre los amigos.
    El segundo motivo, es que yo maté a Cachito en otro relato y ahora lo escribí vivo. Hace algunos años, Cachito murió fuera del agua intentando huir de la pecera ( http://escribiendoconlapiz.blogspot.com.ar/2010/11/la-ultima-reflexion-de-cachito.html ). Ahora Cachito tiene otro destino.
    Espero que lo disfruten tanto como yo lo he disfrutado mientras lo escribía. Les debo el audio para otra oportunidad, tal vez en estos días lo grabe y lo comparta con ustedes.
    ¡Gracias a todos! Un abrazo.

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