lunes, 24 de junio de 2013

Actor onírico


Como cualquier actor sabe, es fundamental que el espectador no pierda el vínculo entre el escenario y la imaginación. Con una mala representación onírica uno puede quedar desocupado, y el costo, en el gremio de los sueños, suele ser el olvido.
Los libretos y las escenografías se repiten frecuentemente, sólo un poco más de énfasis en algunos discursos para resaltar, según corresponda, la angustia o la alegría. Repetidos son los casos del que sueña que está en un lugar desconocido pero con un paisaje conocido. O al revés.
Hoy en día, con una buena terapia, un actor puede quedar a la deriva, sin empleo. Aunque lo de buena terapia es relativo. En varias oportunidades me han interrumpido de la tranquilidad del camerino con un: “ponete peluca, hoy te toca hacer de Barbie”. Entonces, cuando algo así sucede, no hay porqué asustarse: el soñador renovó el deseo -y el psicólogo no pierde un paciente-.
El rol pornográfico es el más solicitado.  He representado todas las variantes que la fantasía propone; interactué con la panadera, con la cuñada, con la esposa de Iñiguez, con la cuñada y con la esposa de Iñiguez también.
Reconozco que estoy viejo y cansado. Los nuevos actores oníricos podrán resistir el Edipo mejor que yo, en esta época de madres tan jóvenes e insaciables. Y mientras tanto, mientras espero mi jubilación, el papel del que corre desesperado y no avanza nunca, no me desgasta en absoluto.

sábado, 8 de junio de 2013

Ofelia viva


En la soledad del taller, las pinturas nos liberamos del estatismo al que nos sometieron los alumnos. Me cuesta levantarme de la cartulina blanca —me absorbió demasiado—, pero al final lo logro.
Frente a mí, el óleo de “Ofelia viva” —una pintura de un estudiante del ciclo superior— se desliza por la pared que la cuelga hasta que se define nuevamente la figura femenina. Ella me sonríe. Yo, tomando la iniciativa, con mi brazo me enlazo al suyo y la invito a caminar.
Bajo una de las arcadas de la galería nos suspendemos en el tiempo, nos acariciamos los rostros, jugamos a mancharnos las mejillas. Y aunque ella no lo diga, mi monocromía denuncia en su carita una mezcla de gracia y curiosidad. Cuando el juego de las caricias y manchas llega a su fin para liberar el deseo que se venía gestando, nos besamos.
Con la humedad intensa de la pasión, la textura de mi boca de acuarela se deforma. Avanza la humedad, gana el territorio de mi rostro y desfigura mis facciones. Ya ciego recorro su cuerpo con mis manos y juego a ser el pintor de Ofelia, una obra que no me pertenece pero que voy conociendo más íntimamente que su propio creador.

domingo, 2 de junio de 2013

Cuestión de pudor


En ocasiones, los chefs nos apasionamos demasiado con el arte culinario: lecturas informativas, experiencias con diversos sabores, viajes a lugares exóticos. Al conocer las virtudes de otro colega, no dudamos en felicitarlo cuando el plato preparado por él satisface el paladar de los comensales y, más aún, el nuestro. Los condimentos y métodos de cocción empleados difieren notablemente en cada cultura. Carne con tubérculos frescos, recién cosechados. Felicitaría al cocinero si pudiera. Pero aunque lograra liberarme de las ataduras, el pudor que siento al imaginarme desnudo delante de las mujeres y los niños de la tribu, me condena a seguir nadando en esta enorme olla humeante.