jueves, 2 de mayo de 2013

Audiocuento "La huida del pintor Notcha"


Cuento de Herminio Almendros. 
El fondo musical corresponde a un movimiento de la Suite "Cuadros de una exposición", de Modest Músorgski. El nombre del movimiento es Bidlo, un carro tirado por bueyes.

Fuente: Wikipedia.

La huida del pintor Notcha
Notcha nació en un lugar de una región húmeda y verde. Su vida de niño había sido alegre entre prados y blancos árboles floridos. ¡La aldea, su dulce aldea, sus viejos padres campesinos, el río transparente entre cañaverales de bambú!... Aquello era todo su gozo y toda su vida. Hasta cuando dormía sonreía soñando la luz de cristal del campo. Desde muy pequeño dibujaba los peces y los pájaros en las piedras lavadas del río, y los rebaños y los pastores en las maderas de los establos. El yeso y el carbón eran lápices mágicos en sus manitas de niño. Notcha creció. En las aldeas y en los pueblos próximos todos hablaban de Notcha. Mucha gente venía por los caminos para ver las pinturas del joven artista. La fama de su mérito fue creciendo, creciendo hasta llegar al palacio del emperador. El emperador llamó a Notcha. Se arrodilló Notcha tres veces ante el Hijo del Cielo, y tocó tres veces el suelo con su frente.
El emperador le dijo: –Te quedarás aquí y trabajarás para adornar los corredores y salones del palacio. Ya he mandado prepararte en una de las salas tu taller bien provisto de colores y lacas y ricas maderas. Tu vida cambiará desde hoy. Ya no volverás allá donde naciste. Notcha estaba triste. Ya no podría ver su casa en la dulce aldea blanca de árboles floridos a la orilla del río transparente y manso. Tendría que contentarse con soñar la alegría del campo en las cerradas salas del palacio guarnecido de barbados dragones de piedra. Trabajaba sin descanso para agradar al emperador. Sus pinturas llenaban los biombos lacados, las puertas de madera y de hierro y los muros de los templos y salones imperiales. Pero su pensamiento volaba a las bellas tierras húmedas donde había vivido feliz. 
Un día Notcha pintó un gran cuadro maravilloso: el transparente cielo de su infancia, el campo de prados, el puentecito de estacas en el río bordeado de bambúes,la blanca  aldea a lo lejos entre vuelos de  patos  salvajes, un rojo sol de aurora y un verde limpio de yerba húmeda. Un gran cuadro maravilloso. Acudían a verlo príncipes y mandarines. Colgado en un lujoso salón del palacio, parecía una ventana abierta en el recio muro frente al más delicioso y sereno paisaje campesino. Notcha había hecho su mejor obra; la que llevaba siempre en su pensamiento y en sus sueños. A él no le parecía una pintura de su país, sino su país mismo recogido en el cuadro como un milagro. Por eso se habría pasado largas horas frente a él, aspirando su aire limpio y fragante; pero el pintor esclavo no podía entrar en las grandes salas destinadas a fiestas y recepciones de príncipes y nobles. Él había de vivir trabajando en su taller, olvidado de todos.
Notcha espiaba siempre para poder ver su cuadro a través de las puertas entreabiertas. Y un día, ausentes un momento guardianes y criados, entró muy despacio, descolgó el campo verde y se lo llevó por corredores oscuros para esconderlo en su taller donde podría contemplarlo ilusionado. La voz de alarma resonó imponente en el palacio y se extendió por toda la ciudad. La pintura maravillosa había desaparecido. El emperador estaba furioso y amenazador. Mil soldados buscaron al ladrón. Llegaron a todas las casas y a todos los rincones. Por fin hallaron el cuadro en el taller de Notcha, escondido entre tablas y lienzos.
El emperador mandó encarcelar a Notcha y le ordenó que siguiera pintando cuadros en la prisión para adornar su palacio. Notcha no podía pintar. Le faltaba luz a sus ojos y le faltaba alegría a su corazón. Entonces lo llamó el emperador y le dijo: –Vendrás otra vez a vivir y a trabajar en palacio.  Para que te contentes te dejaré a solas con tu cuadro unos momentos cada día; pero si intentas algo que pueda enojarme serás castigado sin compasión. Notcha continuó su trabajo. Cada día se le ensanchaba el alma de esperanza frente al campo libre de su verde país. Después, seguía sufriendo la pesada tristeza del palacio imperial. Un día ya no pudo resistir más. Se encontraba solo en la amplia sala, ante el paisaje suyo, mirándolo con grandes ojos muy abiertos. Su aldea, su aldea verde y luminosa; ancho el campo para correr sin llegar al fin, para tragar el aire filtrado por los sauces, para abrazarse a los árboles, para cantar con el viento y oír su murmullo entre los cañaverales de bambú... para huir de este otro mundo negro y pesado como una cárcel.
Sí, ancho el campo, allí cerca, blando de prados, para pisarlos, para correr allá con los brazos abiertos como alas... Y Notcha se acercó, se acercó,  dio un  pequeño salto, se metió  en  el cuadro,en el campo, en los prados, sin buscar los caminos, corriendo, corriendo, sin descanso, alejándose, haciéndose poco a poco pequeño, pequeño, pequeñito... hasta perderse en el horizonte azul. Cuando los guardianes entraron para retirar a Notcha no lo encontraron.
El emperador se enfureció. Era imposible que hubiera salido de allí sin ser visto. Un sabio mandarín encontró la explicación del misterio. Notcha había huido por el cuadro, metiéndose y corriendo por el paisaje que había pintado. Aún se veían las huellas de sus pisadas en la yerba húmeda de los prados.

2 comentarios:

  1. Me gustó el detalle de las huellas en la pintura.
    Muy bien narrado aunque se veía venir la fuga a través del cuadro.
    Lectores con mucho callo te pueden decir que meterse o salirse de cuadros en los cuentos , tiene kilometraje para una antología.

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    1. ¡Carlos, gracias por visitar mi blog! "La huida del pintor Notcha" es un cuento que leí hace más de veinte años cuando iba al colegio. Me quedó siempre en la mente, y hace algún tiempo navegando por la web lo encontré.
      Recomiendo también "Aquel cuadro", de Elsa Bornemann.

      http://literatureandounrato.blogspot.com.ar/2012/05/aquel-cuadro.html

      Y para escucharlo:
      http://www.goear.com/listen/3596c57/aquel-cuadro-elsa-bornemann-1993

      ¡Un saludo, Carlos!

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