jueves, 3 de enero de 2013

Transmutación

    La luz, la tierra y el patio hicieron de la casa de calle Matheu nuestro hogar.
    Una tarde, mientras Elena plantaba el pequeño limonero que había hecho brotar de semilla, sus manos quedaron atrapadas en la tierra floja de la maceta.
    -¡Octavio, la tierra no me suelta!- gritó con voz trémula.
    Inútilmente traté de desprenderla y, aunque hacerlo hubiera sido fatal, comprendí que había llegado el momento. La llevé al fondo del patio, le saque la tierra que tenía entre sus dedos (el meñique y el anular ya se habían alargado) y la ubiqué al lado del laurel.
    Las primeras semanas me quedé junto a ella abrazando sus pies para que no pierda el equilibrio. Después me incorporé y ayudé a mis extremidades inferiores a enterrarse. Unos gorriones hicieron nido en una de las horquetas más altas del follaje.
    Con la quietud observamos las estrellas durante la noche, el movimiento del sol, las terrazas de las casas vecinas, la sincronización de los semáforos del cruce de las avenidas Paraguay y Ameghino. Comprendimos la mecánica de lo cíclico.
    Elena floreció y tuve que protegerla de las abejas que venían a buscar polen durante la primavera y verano.
    Una mañana mientras el viento barría la hojarasca que cubría nuestros pies, Elena se descubrió una de las flores convertida en fruto, el fruto que con el tiempo también se convirtió en árbol y embelleció el patio de la casa de calle Matheu.