jueves, 6 de enero de 2011

Pánico

    Me costó trabajo acostumbrarme a caer y amortiguar el impacto, pero con la práctica aprendí a buscar el refugio de las cavilaciones. Antes, mi brutal aterrizaje era sobre el follaje de los árboles del campo, en una laguna o en mi cama.
    Sucede que empiezo con una idea, un pensamiento, después me siento pequeño y la sensación de ser un ave, un diminuto pájaro en un universo lleno de estrellas y planetas tan reales para mí que, si de veras fuera un pájaro, podría picotear semillas de avena en el suelo de Júpiter, de Saturno o descansar en algún asteroide. Pero es solo una sensación y no dejo de ser quien soy.
    No llevo nada conmigo. Supe que no había que llevar nada: una caída podría ser un gran problema para los que están abajo. Qué difícil es el desapego.
    Subo alto, muy alto, hasta ver el límite de lo etéreo. Necesito saber qué hay después y cuestiono mi existencia y final, pero mi entorno se pone oscuro y no encuentro una luz que me guíe hacia una salida. Un sobresalto. El paisaje se transforma. Desde otro punto lejano veo una maza redonda y oscura llena de recuerdos óseos avanzando hacia un único destino: el fuego.
    Todo se desmorona ante mí y ya no me siento liviano. Lo alto y lejos se confunde con las bocinas de los colectivos, los carteles y las luces del centro. Los movimientos suceden muy rápidos y mis pasos son inestables. Siento que no soy real y que sigo allá arriba.
    Ahora ya no caigo, sino que desciendo en alguna mesa del Bar Zappa y los ojos de María dan luz a mi oscuridad. La realidad se transforma en un café, en María riendo, en María de perfil sentada en la mesa de afuera. Y todo es bello, todo es rubio y azul.

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