miércoles, 6 de octubre de 2010

Un conocido final

    Su esposa, la señora Báez, lo esperaba siempre a la misma hora, afuera, en el umbral de la puerta. Rutinariamente, entraba Abel con su cuerpo doblado en forma de “L” invertida, y los brazos extendidos hacia adelante. Caminando despacio, como una mula vieja, se ubicaba en el living de la casa.
    Todos movían al centro de la sala la “Dad Repairman FT-747”, una gran máquina de restauración articular. Sentaban al padre en la silla de restauración y, mediante una serie de instrucciones, el equipo se encargaba de reestablecer la postura original que Abel tenía durante el desayuno.
Luego, el hijo mayor, corría hasta el baño y tomaba una manguera. Abel Báez, siguiendo con el proceso habitual, entraba, se quedaba quieto, y recibía la descarga de agua que el hijo le dirigía; desde la cabeza a los pies, sin sacarse la ropa, durante diez minutos.
    Abel, confundido, apenas sonreía a modo de agradecimiento. En esos momentos murmuraba alguna cifra. A veces, se mantenía en valores menores a cuatrocientos, entonces, asentía con la cabeza y apenas abría la boca mostrando sus dientes amarillos. Su hijo no decía nada, solo lo miraba. Otras, quejándose repetía tres veces: “Novecientos”. Cuando esto sucedía, su esposa se acercaba, le acariciaba el pelo, y con voz muy suave entonaba canciones.
    La cena era uno de los momentos más tensos que vivía la familia. Abel parecía inerte. A veces, para mejorar la situación, la hija ofrecía al padre el cuaderno con los dibujos que hacía en la escuela de artes. Pero el hombre, mirando el trabajo de su hija, interrogaba con cifras: “¿Quinientos, seiscientos, setecientos?”. Después de un breve instante, negando con la cabeza, Abel concluía: “Cien”. Sin mencionar nada más, se levantaba de la mesa y tiraba la comida que la señora Báez le había servido. Lento y pesado, arrastrando sus pantuflas viejas y agujereadas, caminaba hasta la puerta que daba al patio, salía y comía el húmedo alimento balanceado de los perros. Este acto de desdén y degradación hacia él mismo le producía placer, una monstruosa y enferma manera de sentir satisfacción de su propio menosprecio.
    Después de un rato, entraba y se dirigía directo a su habitación. Allí su esposa lo desvestía, lo miraba profundamente a los ojos como buscando algo, y le acariciaba las mejillas; pero él, inmediatamente retiraba su cuerpo, apretaba un botón del despertador y se acostaba en la cama. La señora Báez se sentaba al costado y lloraba.
    Había noches en que era necesario hacer guardia porque Abel se incorporaba exaltado y, creyendo estar frente a una computadora, susurraba para sí mismo: “¿Novecientos? ¡Novecientos!”.
    A la mañana siguiente todos corrían muy eufóricos. Parecía que nada de lo acontecido el día anterior, había sucedido. La madre, con la cafetera humeando, tomaba carrera desde la cocina y llenaba los posillos. La hija hacía piruetas en el aire. El hijo saltaba la mesa con el desayuno servido. También Abel, que se levantaba primero al escuchar el despertador, corría junto a sus hijos y esposa, los palmeaba y se animaba a pronunciar algo distinto de cifras. Todos festejaban con entusiasmo.
    Un rato después, Abel Báez se iba a trabajar; y los dos hijos a la escuela, donde permanecían hasta la tarde. Al retirarse todos de la casa, la madre se encargaba de preparar, y si era necesario reacondicionar, la “Dad Repairman FT-747”, que entraría en servicio, otra vez, a la noche.
    Pero un día un furgón de repartos, color blanco, paró frente a la casa. En la puerta corrediza de atrás del coche había un logotipo de una empresa. En él se alcanzaba a ver un número cero ovalado, de trazo grueso y negro, con dos brazos y manos saliendo de los costados. Un cero humanizado. Ridículamente humanizado. Arriba, el cero tenía una cabeza pequeña con un sombrero; la cara sonriente apenas se distinguía.
    Bajaron del furgón dos hombres de gran tamaño y buen porte, abrieron la puerta trasera y sacaron una enorme caja. Tocaron timbre en la casa y, amablemente, atendió la señora Báez.
    Con prisa e ironía, los dos hombres explicaron que se había roto y que al jefe ya no le servía. Dejaron el enorme paquete delante de la mujer y se retiraron rápido. Muy rápido.
    En un costado de la caja, un cartel de papel con el logotipo del cero, tenía escrito: “Material de descarte”.
    La señora Báez se agachó y escuchó una voz ronca y sin fuerza que provenía del interior de esa caja. Al abrirla, vio que su esposo Abel estaba en el interior, quebrado en cuatro partes, mezclado entre teclados y plaquetas de computadoras, repitiendo como un robot descompuesto: “Mil, mi, mil”.

1 comentario:

  1. Comentario de AnaMM, una amiga del chat:

    En el fondo todo aquel que se anime a pensar en serio la realidad puede estar de acuerdo con esta vision, mas alla de la caricatura que lleva al extremo, es en lo que los hombres nos vamos convirtiendo...

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