lunes, 23 de agosto de 2010

Confesión

    Te hablo, Sonia, aunque no me escuches, y esto solo sea un autodiálogo. Te fue fácil vencer el dolor que deja el amor; tenías a este muchacho Flavio, que ahora te mira con deseo de besarte frente a tus padres. Yo también te amé
mucho, Sonia. Ahora parecés más bonita, ¿será el entorno, la circunstancia, el
vestido blanco de novia?
    Quisiera llevarte conmigo, a cualquier lado, y mimarte como la mañana que nos encontró Digilio, el preceptor, en el laboratorio de química. Si Flavio se hubiera enterado de nuestra aventura, me habría roto la cara de una trompada.
    Siento culpa al pensar que lo prohibido me seduce, y esa seducción es mayor cuando se reprime el deseo, también, de lo prohibido. Vos sos mi deseo,
Sonia, pero también entiendo mi realidad, y voy a respetar mi elección de vida.
Que seas muy feliz, y por eso, hija, les digo:
    -Por el poder que me otorga la Iglesia, los declaro Marido y Mujer.