lunes, 19 de julio de 2010

Rencor, impulso, razón

     Era ella, la señora Florinda Sánchez, bastante decaída. Pasaron treinta años desde la última vez que la vi. Despacio, de esquina a esquina, como pidiendo permiso, cruzaba la anciana profesora de matemática.
     Nunca me aprobó, siempre tan arrogante conmigo. Y esa manera feroz de marcarme un error delante de todos; como si la vergüenza fuera un método didáctico de enseñar que la raíz cuadrada de cero es cero. ¡Cómo la odiaba!
     Ahora, delante mio y subiendo la vereda, tropezó con el cordón. Cayó al piso y apoyándose con las manos quedó gateando.
     Desde el auto, esperando la luz verde del semáforo, me reí con siniestra maldad mientras la mujer, con un hilo de voz, pedía ayuda.
     Con un rencoroso y vulgar impulso bajé el vidrio para gritarle: “¡Jodete, vieja!”; pero sentí, en ese momento, el peso de los años. Se me esfumó la estúpida risa. Me miré en el espejo retrovisor, y tampoco yo era un adolescente: me brillaba la cabeza, tenía quince kilos más y había conocido la crueldad de la muerte.
     Entonces, bajé rápido del coche y la incorporé. Ella, secándose una lágrima, me miró y dijo:
     -Está bien, Galván, tiene un siete.

No hay comentarios:

Publicar un comentario