lunes, 19 de julio de 2010

Rencor, impulso, razón

     Era ella, la señora Florinda Sánchez, bastante decaída. Pasaron treinta años desde la última vez que la vi. Despacio, de esquina a esquina, como pidiendo permiso, cruzaba la anciana profesora de matemática.
     Nunca me aprobó, siempre tan arrogante conmigo. Y esa manera feroz de marcarme un error delante de todos; como si la vergüenza fuera un método didáctico de enseñar que la raíz cuadrada de cero es cero. ¡Cómo la odiaba!
     Ahora, delante mio y subiendo la vereda, tropezó con el cordón. Cayó al piso y apoyándose con las manos quedó gateando.
     Desde el auto, esperando la luz verde del semáforo, me reí con siniestra maldad mientras la mujer, con un hilo de voz, pedía ayuda.
     Con un rencoroso y vulgar impulso bajé el vidrio para gritarle: “¡Jodete, vieja!”; pero sentí, en ese momento, el peso de los años. Se me esfumó la estúpida risa. Me miré en el espejo retrovisor, y tampoco yo era un adolescente: me brillaba la cabeza, tenía quince kilos más y había conocido la crueldad de la muerte.
     Entonces, bajé rápido del coche y la incorporé. Ella, secándose una lágrima, me miró y dijo:
     -Está bien, Galván, tiene un siete.

sábado, 3 de julio de 2010

Septiembre de 1997

    Una vez más bajó del MicroBus Acevedo que la traía desde su pueblo. Le dio un beso en la mejilla por compromiso de saludo más que por necesidad afectiva. Traía las galletitas dulces que había prometido. Él, termo con agua caliente, mate, yerba y azúcar.
    Caminaron hasta un parque atravesado por un arroyo con terraplén en cada costa, se ubicaron donde mejor le pareció a ella, tendieron una manta, se sentaron y empezaron a dialogar.
    La conversación iba y venía por varios temas: el baile de la primavera al que ella había ido y él no; la gente que trotaba y hacía gimnasia sobre la senda peatonal, lindera al arroyo y césped donde ellos estaban sentados; alguna garza fugaz revoloteando sobre el agua; incluso ella, se animó a contar alguna intimidad, pero hasta ahí nomás, lo necesario para pasar el momento.
    Se terminaban los temas de conversación que te habían soplado los amigos, Diego. Ahora, con alguna puñalada como experiencia, te da ternura aquel que fuiste, y si pudieras hablarle a ese jovencito, al que se le venía el mundo abajo, lo harías sin dudar. Porque la realidad no coincidía con el esquema desarrollado por los más avivados, aquellos que a los 15 o 16 años se ponían serios cuando hablaban de amoríos con minas que nadie conocía. Y no te vayas a olvidar, Diego, que había cierto mito alrededor de muchachas que al describirlas, uno se imaginaba cierta intervención de Afrodita.
    Ansioso, expresó su declaración de amor. La lengua se le trababa y apenas salían las palabras. Temblándole la mano mientras le devolvía el mate, ella contestó secamente ”Yo no siento lo mismo”.
    En ningún momento te fijó la mirada, Diego. Los ojos azules, más claro que nunca, con el sol de la tarde dándole casi de frente, se humedecieron de inmediato.
    Con el clima de los últimos días de septiembre, aun fríos y con poca luz durante las tardes, sentías tristeza y abandono en aquel parquecito junto al arroyo.
    Incómoda, miraba la hora, comía una galletita sin hambre, y le aceptaba los últimos mates. La yerbita flotando en la superficie del agua, servía como tema de charla parar olvidar la confesión. Cada tanto él exclamaba “¡Se lavó de nuevo! Seguro hirvió el agua, viste”.
    En intentos por no perder su compañía o el encuentro cotidiano, el joven Diego buscaba generarle obligaciones y compromisos hacia con él.
    –El sábado podés volver, a lo mejor está más lindo el tiempo. Yo te voy a buscar a la parada de colectivo. –y fue una orden más que una invitación.
    –No creo que pueda, estoy comprometida con otra gente, y además no me coinciden los horarios del micro para volverme. –le contestó.
    La desesperación de perder a quien amaba y de intuir el final, hizo que el joven adelantara la despedida. No queriendo sufrir más y entregado al desamor, le dijo:
    –Tenés que irte, Carolina, en un rato pasa el colectivo. –
    Con la misma rapidez que las viejas sacan la ropa de la soga cuando amaga la lluvia, la niña juntó las pertenencias que había sobre la manta, previniendo cualquier acontecimiento que pudiera suceder en la víspera de su partida.
    Sabiendo el final de nuestros encuentros, le pregunte si quería mantener mi amistad. Me lo afirmó con un sí muy decidido. Esto, que en un principio te puso muy contento, te dio a entender que con su supuesta amistad, te marcaba un límite.
    –Chau Diego, ahí viene el colectivo –se subió corriendo y me levantó la mano desde la escalerita del colectivo. Queriendo la confirmación de un próximo encuentro, le grité desde la parada:
    –¿Cuándo volvés? –Y ella respondió:
    –Yo te llamo–.
    Vi como se alejaba el colectivo por la avenida. Desde la vereda observé que buscaba un asiento libre. Al lado de una mujer anciana, junto a la ventanilla del lado derecho, se sentó y se puso a conversar. A los pocos metros, el micro dobló en una esquina y desapareció para siempre.
    Desde esa tarde, en todos los colectivos de MicroBus Acevedo, me parece ver a Carolina hablar con la misma anciana. A veces, se baja pero no me mira. Otras, se sube corriendo escapándose de mí mismo. Sí, de vos mismo, Diego. En cualquier horario que yo pase y me detenga a observar, me veo desde lejos, desde la esquina diagonal o la vereda opuesta, esperándola, porque tal vez en mi auscencia, ella llamó.