lunes, 21 de junio de 2010

Recuerdo y melancolía en el Banco Provincia

-¿Quién sigue?- peguntó Mariana por el hueco de la ventanilla.
-Yo, señora- afirmé con voz segura mientras avanzaba abriendo el portafolios lleno de impuestos vencidos, pensando si me iban a dar una oportunidad, un segundo vencimiento tal vez, de los que suelen ofrecer las instituciones antes de pasar uno a categoría moroso.
Frente a mí, al otro lado del vidrio, la mujer se mostró asombrada cuando apoyé mis papeles en la tabla del mostrador. Clavé mis ojos en ella, tragué saliva y desde mi posición me quedé en silencio contemplándola como a una pintura protegida por un cristal.
Algo como una nube o un velo se puso delante de mi vista. Todo pasó como en una película europea vieja, pero a color y con mucha nitidez.
Ese día actuábamos juntos: nos habían puesto como pareja de baile. Los dos con un pañuelito danzamos el Pericón, acompañados de un piano ejecutado por la maestra de música del jardín de infantes. Los ojitos marrones, vergonzosos y brillosos de Mariana iban de mi vista al público, buscando entre la gente la compañía y protección de la mamá, que con golpes suaves de palmas acompañaba el ritmo de la danza; un tanto emocionada, como no pudiendo creer que era su misma hija la que divertía a toda la ronda de padres, abuelos y maestras. Su pañuelo era blanco, y el mío, azul. Doblados en triangulo, ambos los juntábamos de las puntas cuando el bastonero, esa especie de director en los bailes folclóricos, lo indicaba según sea el movimiento que nos tocaba hacer. Mis padres, todavía juntos, tomados de lamano celebraban mi actuación sacando fotos que una vez reveladas serían motivo de reunión familiar. Sería 25 de Mayo o 9 de Julio porque había empanaditas fritas con azúcar arriba de la masa, cocinadas por las mismas maestras y servidas en bandejas de acero cubiertas con papel, para que absorbiera el juguito tan rico que salía por algún hueco del repulgue. Da lo mismo si era una fecha u otra. Ahora se mezclaba el pasado con el presente.
¿En que momento se produjo la transformación de Mariana? Porque la última vez que la vi tenía cinco años y estaba de la manito con la mamá y el papá; y después de ese acto en el jardín se tuvieron que ir a Buenos Aires por el trabajo del padre. Entonces yo tenía un hueco de 55 años entre la nenita que ví por última vez y la mujer que ahora me atendía en el Banco Provincia.
-¿No te vas a sacar una foto con Mariana?- interrogó mi madre desenfundando la Balda.
Con la boca abierta y sin hablar la miré y asentí con la cabeza.
Se agachó, como descendiendo al mundo del niño, y le hizo señas a Mariana de que venga. La nena miró hacia arriba, pidiendo autorización a los padres, y al obtener un sí de ambos, vino corriendo hacia nosotros.
En pose fotográfica, nos ubicamos en un rincón del patio donde habíamos bailado; pero en ese modo antiguo que tenía la gente de fotografiarse, un poco más formal y serio que el actual, como sabiendo que era privilegio de unos pocos tener una cámara y dejar una imagen perpetua.
Me apretó mi mano izquierda, me miró muy seria, y sin dudar me dijo:
-¿Vos me querés a mí?-
Paralizado como por un rayo, con cierto temor a ser escuchado por alguien, pero no dudando y sabiendo lo que sentía le dije:
-Por siempre-
Y con un tímido encuentro de labios, con lo que para nosotros fue un gran beso de enamorados, grabamos la fotografía.
De golpe se me fue la nube y ahora Mariana estaba llorando detrás del vidrio.
Un agente de seguridad y un hombre de traje gris oscuro, que por su forma de hablar parecía tener cierta jerarquía en el banco, nos preguntó si todo estaba bien.
-Sí, disculpe, fue un momento de evasión..., me quedé en blanco..., gracias ya me retiro- respondí volviendo de nuevo al punto de partida.
Sin embargo, no se separaron de mí. La gente de la cola empezó a ponerse impaciente. Hubo quienes hicieron comentarios respecto a mi edad y a la dificultad que supuestamente me traía hacer ciertos trámites. Que facilidad la de algunos de decretar con palabras.
Acompañada de otra cajera mucho menor que Mariana, se fueron las dos caminando despacio, hablando muy bajo entre sollozos, como cuando una mujer consuela a su amiga viuda en un funeral.
Al llegar a una puerta se dieron vuelta y refiriéndose a mi Mariana me dijo: -Verte de nuevo fue un regalo. Dejemos que los niños bailen y se besen en 1950, porque fue lo único real; pero no empañemos el presente con un pasado tan distante. Guardame en un cajón con llave, Alfredo, y no lo vuelvas a abrir más. Quisiera saber yo cuántas veces te talaron, y cuanta resina de tu herida salió, esa es nuestra verdadera distancia.-
La ví alejarse e inmediatamente empecé a guardar mis impuestos. Saludé con un movimiento corto de cabeza al agente de seguridad y al otro de traje.
Estando ya en la calle busqué otra sucursal del Banco Provincia en donde poder pagar mis deudas atrasadas.

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