lunes, 21 de junio de 2010

Perversa traición

    Si habrá usado barba el gordo. Y “esos libros” que tenía escondido, se los consiguió Gabriel cuando viajó a Europa en la década del sesenta.
    No me olvido del día que veníamos de la facultad en colectivo. Me contaba en voz baja que los iba a prender fuego uno por uno. Estaba asustado, como si un institinto de supervivencia se hubiera apoderado de él.
    -Gordo, pero te pueden ver desde el aire. Vas a llamar la atención con el humo.- le dije.
    -Los quemo de a poco. No quiero nada. Me hizo asustar Estela con lo del cuñado de ella, loco- me contesto él de forma decidida y firme.
    Que cómico que era. Esa semana comieron hamburguesa y carne asada todos los días. Hasta nosotros aprovechamos la fogata para calentar la pava del mate cuando íbamos a estudiar. Nunca pensé que él cocinara tan bien la marucha, y eso que dicen que sale seca.
    Los bizcochos de la abuela, cuando salíamos del colegio los viernes, eran cita obligada. Qué gordo loco, no se compraba nada a la salida para quedarse con hambre y llenarse la panza en lo de la Nona Tita, como la llamaba.
    “Nos criamos juntos, Enrique”, me repito a mí mismo a cada instante. ¡Pero qué me va a escuchar!
    Y cuando se le puso la idea de conseguirse unos radios de banda ciudadana para hablar a la noche, no hubo nadie que lo frenara. Pobre Gabriel, no sé cómo habrá hecho para conseguir esos tres equipos que habían sacado hacía poco de las ambulancias del hospital. Cómo lo jodió la novia a Gaby. Nunca se metió en nada. La mina lo denunció de enviar información en los sobres del curso de electrónica por correspondencia.
    ¿Dónde me lleva este gordo ahora? Está encarnizado. Se acostumbró bien a manejar este Falcon el que siempre anduvo en moto. El otro que está al lado me da más lástima que él, ni debe saber lo que hace.
    ¿Cómo va a justificar mi detención? En la mochila que me arrebató no tengo nada más que un diccionario para Carlitos, que le pidieron en el colegio, y un ejemplar de la revista Lúpin. Pensar que lo tuvo a Carlitos en brazos cuando nació y quería que le ponga su nombre. Después lo empecé a ver menos.
    No creo que me dejen hablar por teléfono. ¿Será Lanús esto? Hace tanto que no vengo por acá; igual son calles que no conozco pero hasta hace un rato nos traía por Pavón. ¿De dónde sacó huevos el gordo Enrique para meterse en esto?
    Cómo cambian las personas. Quién iba a pensar que se transformaría en un monstruo asqueroso. Encima se me burla en la cara como disfrutando mi posición. Los ojos que destellaban vida en su niñez ahora me condenan con furia. No, indudablemente que una persona cambia muchas veces a lo largo de la vida, como si existieran varias muertes y nacimientos en un mismo cuerpo durante el período que vivimos.
    Ahora fuma como un descocido. En la facultad se tenía que ir del grupo cuando nos poníamos a fumar un cigarrillo en el recreo del mediodía. El pendejo que está al lado es más bebé de lo que pensaba, cuando quiere tragar el humo se ahoga.
    ¿Qué harán aquellos tres Falcon estacionados? Deben estar esperando a alguien. Por la fachada de la casa donde están parados es un prostíbulo me parece. ¡Pobre chico, cómo lo sacan de los brazos! Semejantes animales lo van a descuartizar. A lo mejor me cambian de auto. Encima Enrique se paró delante y no me quiero voltear para ver.
    -Me llamo Pablo, flaco. Venía de comprarle a mi hijo de seis años esas cositas que tiene tu colega. ¿A quién buscan? A tu colega Enrique lo conozco de chiquito, maestro.-
    Encima me basurean. ¡Como le van a dar al gordo esa pistola automática! ¿Dónde habrá aprendido a tirar? Hasta donde me acuerdo, jugando con un aire comprimido se fue de espalda contra un cactus en lo de la Nona Tita. Si le cuento esa anécdota a lo mejor lo ablando un poco. No creo, a esta altura se debe pasar por las bolas el sentimentalismo.
    Por lo que están hablando van a subir a este auto al pibe y seguro que nos van a llevar a los dos a algún lugar en común.
    Pobre chico, se orinó todo y me mira con cara de culpa; no creo que tenga más de 16 años. Picardía juvenil: se vino a un putero en horas de colegio, y encima lo tratan de maricón por el pelo lacio y largo hasta los hombros.
    De nuevo retomamos por donde vinimos. Lo sacó acelerando al Falcon, y si sigue así se va a quedar sin cubiertas de tanto hacerse el piloto de carrera.
    Duró poco el nuevo paseo, vaya uno a saber qué es este semejante galpón viejo. Me baja a mí solo, el gordo. El pibe que cargaron hace un rato se queda con el otro, espero que no lo reviente.
    Aún guarda fuerza en las piernas Enrique. Sin dejar de apuntarme, de una patada tiró abajo la puerta de chapa del frente. En la época que jugábamos al fútbol era una mole cuando agarraba la pelota. Pasaba cualquier barrera que se le interponía. ¡Ay, amigo mío! Estás traicionando también tu propio pasado.
    Debe ser un depósito esto por la cantidad de paquetes envueltos que hay en estanterías. Desde que entramos me viene esquivando la mirada y, la única forma de indicarme algo es por movimientos cortos con la mano que sostiene la pistola automática.
    Qué fanático el que empapeló con fotos de Moria Casan la pared final. Yo me paro acá nomás, no oigo ni siento otra indicación.
Encima me pregunta si me molesta que fume. Hay movimiento de gente que está entrando y algunos gritan. Yo no le voy a dar semejante gusto a estos perversos. Porque sienten placer en cada tortura.
    No pensé que serían cuatro los que trajeron. Enrique y otros dos cargan sus armas mientras nos escupen y se ríen. Parece que el gordo olvidó quién soy y me trata como un prisionero más al que nunca conoció; y nos apuntan decidido a matarnos. Él es el más ansioso de los tres por apretar el gatillo. No es él con quien compartí años de mi vida. La traición le desfiguró el rostro. Vaya uno a saber qué peluca hicieron con la barba y el pelo de rebelde que tenía.
    Empezaron a contar. El llanto desesperado de los condenados es ahora más fuerte que el chillido de burlas. Pero tienen fin: nos abren fuego.

Recuerdo y melancolía en el Banco Provincia

-¿Quién sigue?- peguntó Mariana por el hueco de la ventanilla.
-Yo, señora- afirmé con voz segura mientras avanzaba abriendo el portafolios lleno de impuestos vencidos, pensando si me iban a dar una oportunidad, un segundo vencimiento tal vez, de los que suelen ofrecer las instituciones antes de pasar uno a categoría moroso.
Frente a mí, al otro lado del vidrio, la mujer se mostró asombrada cuando apoyé mis papeles en la tabla del mostrador. Clavé mis ojos en ella, tragué saliva y desde mi posición me quedé en silencio contemplándola como a una pintura protegida por un cristal.
Algo como una nube o un velo se puso delante de mi vista. Todo pasó como en una película europea vieja, pero a color y con mucha nitidez.
Ese día actuábamos juntos: nos habían puesto como pareja de baile. Los dos con un pañuelito danzamos el Pericón, acompañados de un piano ejecutado por la maestra de música del jardín de infantes. Los ojitos marrones, vergonzosos y brillosos de Mariana iban de mi vista al público, buscando entre la gente la compañía y protección de la mamá, que con golpes suaves de palmas acompañaba el ritmo de la danza; un tanto emocionada, como no pudiendo creer que era su misma hija la que divertía a toda la ronda de padres, abuelos y maestras. Su pañuelo era blanco, y el mío, azul. Doblados en triangulo, ambos los juntábamos de las puntas cuando el bastonero, esa especie de director en los bailes folclóricos, lo indicaba según sea el movimiento que nos tocaba hacer. Mis padres, todavía juntos, tomados de lamano celebraban mi actuación sacando fotos que una vez reveladas serían motivo de reunión familiar. Sería 25 de Mayo o 9 de Julio porque había empanaditas fritas con azúcar arriba de la masa, cocinadas por las mismas maestras y servidas en bandejas de acero cubiertas con papel, para que absorbiera el juguito tan rico que salía por algún hueco del repulgue. Da lo mismo si era una fecha u otra. Ahora se mezclaba el pasado con el presente.
¿En que momento se produjo la transformación de Mariana? Porque la última vez que la vi tenía cinco años y estaba de la manito con la mamá y el papá; y después de ese acto en el jardín se tuvieron que ir a Buenos Aires por el trabajo del padre. Entonces yo tenía un hueco de 55 años entre la nenita que ví por última vez y la mujer que ahora me atendía en el Banco Provincia.
-¿No te vas a sacar una foto con Mariana?- interrogó mi madre desenfundando la Balda.
Con la boca abierta y sin hablar la miré y asentí con la cabeza.
Se agachó, como descendiendo al mundo del niño, y le hizo señas a Mariana de que venga. La nena miró hacia arriba, pidiendo autorización a los padres, y al obtener un sí de ambos, vino corriendo hacia nosotros.
En pose fotográfica, nos ubicamos en un rincón del patio donde habíamos bailado; pero en ese modo antiguo que tenía la gente de fotografiarse, un poco más formal y serio que el actual, como sabiendo que era privilegio de unos pocos tener una cámara y dejar una imagen perpetua.
Me apretó mi mano izquierda, me miró muy seria, y sin dudar me dijo:
-¿Vos me querés a mí?-
Paralizado como por un rayo, con cierto temor a ser escuchado por alguien, pero no dudando y sabiendo lo que sentía le dije:
-Por siempre-
Y con un tímido encuentro de labios, con lo que para nosotros fue un gran beso de enamorados, grabamos la fotografía.
De golpe se me fue la nube y ahora Mariana estaba llorando detrás del vidrio.
Un agente de seguridad y un hombre de traje gris oscuro, que por su forma de hablar parecía tener cierta jerarquía en el banco, nos preguntó si todo estaba bien.
-Sí, disculpe, fue un momento de evasión..., me quedé en blanco..., gracias ya me retiro- respondí volviendo de nuevo al punto de partida.
Sin embargo, no se separaron de mí. La gente de la cola empezó a ponerse impaciente. Hubo quienes hicieron comentarios respecto a mi edad y a la dificultad que supuestamente me traía hacer ciertos trámites. Que facilidad la de algunos de decretar con palabras.
Acompañada de otra cajera mucho menor que Mariana, se fueron las dos caminando despacio, hablando muy bajo entre sollozos, como cuando una mujer consuela a su amiga viuda en un funeral.
Al llegar a una puerta se dieron vuelta y refiriéndose a mi Mariana me dijo: -Verte de nuevo fue un regalo. Dejemos que los niños bailen y se besen en 1950, porque fue lo único real; pero no empañemos el presente con un pasado tan distante. Guardame en un cajón con llave, Alfredo, y no lo vuelvas a abrir más. Quisiera saber yo cuántas veces te talaron, y cuanta resina de tu herida salió, esa es nuestra verdadera distancia.-
La ví alejarse e inmediatamente empecé a guardar mis impuestos. Saludé con un movimiento corto de cabeza al agente de seguridad y al otro de traje.
Estando ya en la calle busqué otra sucursal del Banco Provincia en donde poder pagar mis deudas atrasadas.