lunes, 1 de noviembre de 2010

La última reflexión de Cachito

    En el aislamiento, en la soledad del encierro, la idea de un mundo externo se distorsiona. Las imágenes o sucesos que veo del exterior a través del vidrio, son deformes y confusas: una mano amiga que se acerca es en una agresión de la que escapo.
    También en el interior las cosas son distintas. Las necesidades y deseos se adaptan a lo que está dentro de los cuatro ángulos rectos que me rodean. Por eso es frecuente mi diálogo con las burbujas, y hasta los excrementos adquieren más valor que el deseo de ser libre; sí, porque muchas veces a semejante degradación llega uno.
    Quedar atrapado afuera, en un mundo desconocido, es el peligro que tiene la búsqueda de la libertad. El crecimiento y la exposición a nuevas experiencias implican riesgo, y muchas veces el final. Aunque lo supe desde un principio, preferí arriesgarme. Es de noche, todos duermen, y no hay nadie que me devuelva al agua.

jueves, 7 de octubre de 2010

Dos relatos breves

Amigos:
             Les dejo dos relatos breves que envié a un concurso relacionado con este género. Gracias por la lectura.

Onírico

    Al sonar el despertador y aún desde la inconciente ensoñación afirmo: la
muerte no es sino un estado de percepción únicamente espiritual. Luego me
pregunto qué haría yo una vez muerto. Me asusta la respuesta que tengo en
mi actitud de seguir durmiendo.


Tutor

    Me daba gotas de rocío y, como yo no veía el sol, él se mutiló. Tan firme era
que lo usé de guía; hasta hoy, que lo talaron.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Un conocido final

    Su esposa, la señora Báez, lo esperaba siempre a la misma hora, afuera, en el umbral de la puerta. Rutinariamente, entraba Abel con su cuerpo doblado en forma de “L” invertida, y los brazos extendidos hacia adelante. Caminando despacio, como una mula vieja, se ubicaba en el living de la casa.
    Todos movían al centro de la sala la “Dad Repairman FT-747”, una gran máquina de restauración articular. Sentaban al padre en la silla de restauración y, mediante una serie de instrucciones, el equipo se encargaba de reestablecer la postura original que Abel tenía durante el desayuno.
Luego, el hijo mayor, corría hasta el baño y tomaba una manguera. Abel Báez, siguiendo con el proceso habitual, entraba, se quedaba quieto, y recibía la descarga de agua que el hijo le dirigía; desde la cabeza a los pies, sin sacarse la ropa, durante diez minutos.
    Abel, confundido, apenas sonreía a modo de agradecimiento. En esos momentos murmuraba alguna cifra. A veces, se mantenía en valores menores a cuatrocientos, entonces, asentía con la cabeza y apenas abría la boca mostrando sus dientes amarillos. Su hijo no decía nada, solo lo miraba. Otras, quejándose repetía tres veces: “Novecientos”. Cuando esto sucedía, su esposa se acercaba, le acariciaba el pelo, y con voz muy suave entonaba canciones.
    La cena era uno de los momentos más tensos que vivía la familia. Abel parecía inerte. A veces, para mejorar la situación, la hija ofrecía al padre el cuaderno con los dibujos que hacía en la escuela de artes. Pero el hombre, mirando el trabajo de su hija, interrogaba con cifras: “¿Quinientos, seiscientos, setecientos?”. Después de un breve instante, negando con la cabeza, Abel concluía: “Cien”. Sin mencionar nada más, se levantaba de la mesa y tiraba la comida que la señora Báez le había servido. Lento y pesado, arrastrando sus pantuflas viejas y agujereadas, caminaba hasta la puerta que daba al patio, salía y comía el húmedo alimento balanceado de los perros. Este acto de desdén y degradación hacia él mismo le producía placer, una monstruosa y enferma manera de sentir satisfacción de su propio menosprecio.
    Después de un rato, entraba y se dirigía directo a su habitación. Allí su esposa lo desvestía, lo miraba profundamente a los ojos como buscando algo, y le acariciaba las mejillas; pero él, inmediatamente retiraba su cuerpo, apretaba un botón del despertador y se acostaba en la cama. La señora Báez se sentaba al costado y lloraba.
    Había noches en que era necesario hacer guardia porque Abel se incorporaba exaltado y, creyendo estar frente a una computadora, susurraba para sí mismo: “¿Novecientos? ¡Novecientos!”.
    A la mañana siguiente todos corrían muy eufóricos. Parecía que nada de lo acontecido el día anterior, había sucedido. La madre, con la cafetera humeando, tomaba carrera desde la cocina y llenaba los posillos. La hija hacía piruetas en el aire. El hijo saltaba la mesa con el desayuno servido. También Abel, que se levantaba primero al escuchar el despertador, corría junto a sus hijos y esposa, los palmeaba y se animaba a pronunciar algo distinto de cifras. Todos festejaban con entusiasmo.
    Un rato después, Abel Báez se iba a trabajar; y los dos hijos a la escuela, donde permanecían hasta la tarde. Al retirarse todos de la casa, la madre se encargaba de preparar, y si era necesario reacondicionar, la “Dad Repairman FT-747”, que entraría en servicio, otra vez, a la noche.
    Pero un día un furgón de repartos, color blanco, paró frente a la casa. En la puerta corrediza de atrás del coche había un logotipo de una empresa. En él se alcanzaba a ver un número cero ovalado, de trazo grueso y negro, con dos brazos y manos saliendo de los costados. Un cero humanizado. Ridículamente humanizado. Arriba, el cero tenía una cabeza pequeña con un sombrero; la cara sonriente apenas se distinguía.
    Bajaron del furgón dos hombres de gran tamaño y buen porte, abrieron la puerta trasera y sacaron una enorme caja. Tocaron timbre en la casa y, amablemente, atendió la señora Báez.
    Con prisa e ironía, los dos hombres explicaron que se había roto y que al jefe ya no le servía. Dejaron el enorme paquete delante de la mujer y se retiraron rápido. Muy rápido.
    En un costado de la caja, un cartel de papel con el logotipo del cero, tenía escrito: “Material de descarte”.
    La señora Báez se agachó y escuchó una voz ronca y sin fuerza que provenía del interior de esa caja. Al abrirla, vio que su esposo Abel estaba en el interior, quebrado en cuatro partes, mezclado entre teclados y plaquetas de computadoras, repitiendo como un robot descompuesto: “Mil, mi, mil”.

lunes, 23 de agosto de 2010

Confesión

    Te hablo, Sonia, aunque no me escuches, y esto solo sea un autodiálogo. Te fue fácil vencer el dolor que deja el amor; tenías a este muchacho Flavio, que ahora te mira con deseo de besarte frente a tus padres. Yo también te amé
mucho, Sonia. Ahora parecés más bonita, ¿será el entorno, la circunstancia, el
vestido blanco de novia?
    Quisiera llevarte conmigo, a cualquier lado, y mimarte como la mañana que nos encontró Digilio, el preceptor, en el laboratorio de química. Si Flavio se hubiera enterado de nuestra aventura, me habría roto la cara de una trompada.
    Siento culpa al pensar que lo prohibido me seduce, y esa seducción es mayor cuando se reprime el deseo, también, de lo prohibido. Vos sos mi deseo,
Sonia, pero también entiendo mi realidad, y voy a respetar mi elección de vida.
Que seas muy feliz, y por eso, hija, les digo:
    -Por el poder que me otorga la Iglesia, los declaro Marido y Mujer.

lunes, 19 de julio de 2010

Rencor, impulso, razón

     Era ella, la señora Florinda Sánchez, bastante decaída. Pasaron treinta años desde la última vez que la vi. Despacio, de esquina a esquina, como pidiendo permiso, cruzaba la anciana profesora de matemática.
     Nunca me aprobó, siempre tan arrogante conmigo. Y esa manera feroz de marcarme un error delante de todos; como si la vergüenza fuera un método didáctico de enseñar que la raíz cuadrada de cero es cero. ¡Cómo la odiaba!
     Ahora, delante mio y subiendo la vereda, tropezó con el cordón. Cayó al piso y apoyándose con las manos quedó gateando.
     Desde el auto, esperando la luz verde del semáforo, me reí con siniestra maldad mientras la mujer, con un hilo de voz, pedía ayuda.
     Con un rencoroso y vulgar impulso bajé el vidrio para gritarle: “¡Jodete, vieja!”; pero sentí, en ese momento, el peso de los años. Se me esfumó la estúpida risa. Me miré en el espejo retrovisor, y tampoco yo era un adolescente: me brillaba la cabeza, tenía quince kilos más y había conocido la crueldad de la muerte.
     Entonces, bajé rápido del coche y la incorporé. Ella, secándose una lágrima, me miró y dijo:
     -Está bien, Galván, tiene un siete.

sábado, 3 de julio de 2010

Septiembre de 1997

    Una vez más bajó del MicroBus Acevedo que la traía desde su pueblo. Le dio un beso en la mejilla por compromiso de saludo más que por necesidad afectiva. Traía las galletitas dulces que había prometido. Él, termo con agua caliente, mate, yerba y azúcar.
    Caminaron hasta un parque atravesado por un arroyo con terraplén en cada costa, se ubicaron donde mejor le pareció a ella, tendieron una manta, se sentaron y empezaron a dialogar.
    La conversación iba y venía por varios temas: el baile de la primavera al que ella había ido y él no; la gente que trotaba y hacía gimnasia sobre la senda peatonal, lindera al arroyo y césped donde ellos estaban sentados; alguna garza fugaz revoloteando sobre el agua; incluso ella, se animó a contar alguna intimidad, pero hasta ahí nomás, lo necesario para pasar el momento.
    Se terminaban los temas de conversación que te habían soplado los amigos, Diego. Ahora, con alguna puñalada como experiencia, te da ternura aquel que fuiste, y si pudieras hablarle a ese jovencito, al que se le venía el mundo abajo, lo harías sin dudar. Porque la realidad no coincidía con el esquema desarrollado por los más avivados, aquellos que a los 15 o 16 años se ponían serios cuando hablaban de amoríos con minas que nadie conocía. Y no te vayas a olvidar, Diego, que había cierto mito alrededor de muchachas que al describirlas, uno se imaginaba cierta intervención de Afrodita.
    Ansioso, expresó su declaración de amor. La lengua se le trababa y apenas salían las palabras. Temblándole la mano mientras le devolvía el mate, ella contestó secamente ”Yo no siento lo mismo”.
    En ningún momento te fijó la mirada, Diego. Los ojos azules, más claro que nunca, con el sol de la tarde dándole casi de frente, se humedecieron de inmediato.
    Con el clima de los últimos días de septiembre, aun fríos y con poca luz durante las tardes, sentías tristeza y abandono en aquel parquecito junto al arroyo.
    Incómoda, miraba la hora, comía una galletita sin hambre, y le aceptaba los últimos mates. La yerbita flotando en la superficie del agua, servía como tema de charla parar olvidar la confesión. Cada tanto él exclamaba “¡Se lavó de nuevo! Seguro hirvió el agua, viste”.
    En intentos por no perder su compañía o el encuentro cotidiano, el joven Diego buscaba generarle obligaciones y compromisos hacia con él.
    –El sábado podés volver, a lo mejor está más lindo el tiempo. Yo te voy a buscar a la parada de colectivo. –y fue una orden más que una invitación.
    –No creo que pueda, estoy comprometida con otra gente, y además no me coinciden los horarios del micro para volverme. –le contestó.
    La desesperación de perder a quien amaba y de intuir el final, hizo que el joven adelantara la despedida. No queriendo sufrir más y entregado al desamor, le dijo:
    –Tenés que irte, Carolina, en un rato pasa el colectivo. –
    Con la misma rapidez que las viejas sacan la ropa de la soga cuando amaga la lluvia, la niña juntó las pertenencias que había sobre la manta, previniendo cualquier acontecimiento que pudiera suceder en la víspera de su partida.
    Sabiendo el final de nuestros encuentros, le pregunte si quería mantener mi amistad. Me lo afirmó con un sí muy decidido. Esto, que en un principio te puso muy contento, te dio a entender que con su supuesta amistad, te marcaba un límite.
    –Chau Diego, ahí viene el colectivo –se subió corriendo y me levantó la mano desde la escalerita del colectivo. Queriendo la confirmación de un próximo encuentro, le grité desde la parada:
    –¿Cuándo volvés? –Y ella respondió:
    –Yo te llamo–.
    Vi como se alejaba el colectivo por la avenida. Desde la vereda observé que buscaba un asiento libre. Al lado de una mujer anciana, junto a la ventanilla del lado derecho, se sentó y se puso a conversar. A los pocos metros, el micro dobló en una esquina y desapareció para siempre.
    Desde esa tarde, en todos los colectivos de MicroBus Acevedo, me parece ver a Carolina hablar con la misma anciana. A veces, se baja pero no me mira. Otras, se sube corriendo escapándose de mí mismo. Sí, de vos mismo, Diego. En cualquier horario que yo pase y me detenga a observar, me veo desde lejos, desde la esquina diagonal o la vereda opuesta, esperándola, porque tal vez en mi auscencia, ella llamó.

lunes, 21 de junio de 2010

Perversa traición

    Si habrá usado barba el gordo. Y “esos libros” que tenía escondido, se los consiguió Gabriel cuando viajó a Europa en la década del sesenta.
    No me olvido del día que veníamos de la facultad en colectivo. Me contaba en voz baja que los iba a prender fuego uno por uno. Estaba asustado, como si un institinto de supervivencia se hubiera apoderado de él.
    -Gordo, pero te pueden ver desde el aire. Vas a llamar la atención con el humo.- le dije.
    -Los quemo de a poco. No quiero nada. Me hizo asustar Estela con lo del cuñado de ella, loco- me contesto él de forma decidida y firme.
    Que cómico que era. Esa semana comieron hamburguesa y carne asada todos los días. Hasta nosotros aprovechamos la fogata para calentar la pava del mate cuando íbamos a estudiar. Nunca pensé que él cocinara tan bien la marucha, y eso que dicen que sale seca.
    Los bizcochos de la abuela, cuando salíamos del colegio los viernes, eran cita obligada. Qué gordo loco, no se compraba nada a la salida para quedarse con hambre y llenarse la panza en lo de la Nona Tita, como la llamaba.
    “Nos criamos juntos, Enrique”, me repito a mí mismo a cada instante. ¡Pero qué me va a escuchar!
    Y cuando se le puso la idea de conseguirse unos radios de banda ciudadana para hablar a la noche, no hubo nadie que lo frenara. Pobre Gabriel, no sé cómo habrá hecho para conseguir esos tres equipos que habían sacado hacía poco de las ambulancias del hospital. Cómo lo jodió la novia a Gaby. Nunca se metió en nada. La mina lo denunció de enviar información en los sobres del curso de electrónica por correspondencia.
    ¿Dónde me lleva este gordo ahora? Está encarnizado. Se acostumbró bien a manejar este Falcon el que siempre anduvo en moto. El otro que está al lado me da más lástima que él, ni debe saber lo que hace.
    ¿Cómo va a justificar mi detención? En la mochila que me arrebató no tengo nada más que un diccionario para Carlitos, que le pidieron en el colegio, y un ejemplar de la revista Lúpin. Pensar que lo tuvo a Carlitos en brazos cuando nació y quería que le ponga su nombre. Después lo empecé a ver menos.
    No creo que me dejen hablar por teléfono. ¿Será Lanús esto? Hace tanto que no vengo por acá; igual son calles que no conozco pero hasta hace un rato nos traía por Pavón. ¿De dónde sacó huevos el gordo Enrique para meterse en esto?
    Cómo cambian las personas. Quién iba a pensar que se transformaría en un monstruo asqueroso. Encima se me burla en la cara como disfrutando mi posición. Los ojos que destellaban vida en su niñez ahora me condenan con furia. No, indudablemente que una persona cambia muchas veces a lo largo de la vida, como si existieran varias muertes y nacimientos en un mismo cuerpo durante el período que vivimos.
    Ahora fuma como un descocido. En la facultad se tenía que ir del grupo cuando nos poníamos a fumar un cigarrillo en el recreo del mediodía. El pendejo que está al lado es más bebé de lo que pensaba, cuando quiere tragar el humo se ahoga.
    ¿Qué harán aquellos tres Falcon estacionados? Deben estar esperando a alguien. Por la fachada de la casa donde están parados es un prostíbulo me parece. ¡Pobre chico, cómo lo sacan de los brazos! Semejantes animales lo van a descuartizar. A lo mejor me cambian de auto. Encima Enrique se paró delante y no me quiero voltear para ver.
    -Me llamo Pablo, flaco. Venía de comprarle a mi hijo de seis años esas cositas que tiene tu colega. ¿A quién buscan? A tu colega Enrique lo conozco de chiquito, maestro.-
    Encima me basurean. ¡Como le van a dar al gordo esa pistola automática! ¿Dónde habrá aprendido a tirar? Hasta donde me acuerdo, jugando con un aire comprimido se fue de espalda contra un cactus en lo de la Nona Tita. Si le cuento esa anécdota a lo mejor lo ablando un poco. No creo, a esta altura se debe pasar por las bolas el sentimentalismo.
    Por lo que están hablando van a subir a este auto al pibe y seguro que nos van a llevar a los dos a algún lugar en común.
    Pobre chico, se orinó todo y me mira con cara de culpa; no creo que tenga más de 16 años. Picardía juvenil: se vino a un putero en horas de colegio, y encima lo tratan de maricón por el pelo lacio y largo hasta los hombros.
    De nuevo retomamos por donde vinimos. Lo sacó acelerando al Falcon, y si sigue así se va a quedar sin cubiertas de tanto hacerse el piloto de carrera.
    Duró poco el nuevo paseo, vaya uno a saber qué es este semejante galpón viejo. Me baja a mí solo, el gordo. El pibe que cargaron hace un rato se queda con el otro, espero que no lo reviente.
    Aún guarda fuerza en las piernas Enrique. Sin dejar de apuntarme, de una patada tiró abajo la puerta de chapa del frente. En la época que jugábamos al fútbol era una mole cuando agarraba la pelota. Pasaba cualquier barrera que se le interponía. ¡Ay, amigo mío! Estás traicionando también tu propio pasado.
    Debe ser un depósito esto por la cantidad de paquetes envueltos que hay en estanterías. Desde que entramos me viene esquivando la mirada y, la única forma de indicarme algo es por movimientos cortos con la mano que sostiene la pistola automática.
    Qué fanático el que empapeló con fotos de Moria Casan la pared final. Yo me paro acá nomás, no oigo ni siento otra indicación.
Encima me pregunta si me molesta que fume. Hay movimiento de gente que está entrando y algunos gritan. Yo no le voy a dar semejante gusto a estos perversos. Porque sienten placer en cada tortura.
    No pensé que serían cuatro los que trajeron. Enrique y otros dos cargan sus armas mientras nos escupen y se ríen. Parece que el gordo olvidó quién soy y me trata como un prisionero más al que nunca conoció; y nos apuntan decidido a matarnos. Él es el más ansioso de los tres por apretar el gatillo. No es él con quien compartí años de mi vida. La traición le desfiguró el rostro. Vaya uno a saber qué peluca hicieron con la barba y el pelo de rebelde que tenía.
    Empezaron a contar. El llanto desesperado de los condenados es ahora más fuerte que el chillido de burlas. Pero tienen fin: nos abren fuego.

Recuerdo y melancolía en el Banco Provincia

-¿Quién sigue?- peguntó Mariana por el hueco de la ventanilla.
-Yo, señora- afirmé con voz segura mientras avanzaba abriendo el portafolios lleno de impuestos vencidos, pensando si me iban a dar una oportunidad, un segundo vencimiento tal vez, de los que suelen ofrecer las instituciones antes de pasar uno a categoría moroso.
Frente a mí, al otro lado del vidrio, la mujer se mostró asombrada cuando apoyé mis papeles en la tabla del mostrador. Clavé mis ojos en ella, tragué saliva y desde mi posición me quedé en silencio contemplándola como a una pintura protegida por un cristal.
Algo como una nube o un velo se puso delante de mi vista. Todo pasó como en una película europea vieja, pero a color y con mucha nitidez.
Ese día actuábamos juntos: nos habían puesto como pareja de baile. Los dos con un pañuelito danzamos el Pericón, acompañados de un piano ejecutado por la maestra de música del jardín de infantes. Los ojitos marrones, vergonzosos y brillosos de Mariana iban de mi vista al público, buscando entre la gente la compañía y protección de la mamá, que con golpes suaves de palmas acompañaba el ritmo de la danza; un tanto emocionada, como no pudiendo creer que era su misma hija la que divertía a toda la ronda de padres, abuelos y maestras. Su pañuelo era blanco, y el mío, azul. Doblados en triangulo, ambos los juntábamos de las puntas cuando el bastonero, esa especie de director en los bailes folclóricos, lo indicaba según sea el movimiento que nos tocaba hacer. Mis padres, todavía juntos, tomados de lamano celebraban mi actuación sacando fotos que una vez reveladas serían motivo de reunión familiar. Sería 25 de Mayo o 9 de Julio porque había empanaditas fritas con azúcar arriba de la masa, cocinadas por las mismas maestras y servidas en bandejas de acero cubiertas con papel, para que absorbiera el juguito tan rico que salía por algún hueco del repulgue. Da lo mismo si era una fecha u otra. Ahora se mezclaba el pasado con el presente.
¿En que momento se produjo la transformación de Mariana? Porque la última vez que la vi tenía cinco años y estaba de la manito con la mamá y el papá; y después de ese acto en el jardín se tuvieron que ir a Buenos Aires por el trabajo del padre. Entonces yo tenía un hueco de 55 años entre la nenita que ví por última vez y la mujer que ahora me atendía en el Banco Provincia.
-¿No te vas a sacar una foto con Mariana?- interrogó mi madre desenfundando la Balda.
Con la boca abierta y sin hablar la miré y asentí con la cabeza.
Se agachó, como descendiendo al mundo del niño, y le hizo señas a Mariana de que venga. La nena miró hacia arriba, pidiendo autorización a los padres, y al obtener un sí de ambos, vino corriendo hacia nosotros.
En pose fotográfica, nos ubicamos en un rincón del patio donde habíamos bailado; pero en ese modo antiguo que tenía la gente de fotografiarse, un poco más formal y serio que el actual, como sabiendo que era privilegio de unos pocos tener una cámara y dejar una imagen perpetua.
Me apretó mi mano izquierda, me miró muy seria, y sin dudar me dijo:
-¿Vos me querés a mí?-
Paralizado como por un rayo, con cierto temor a ser escuchado por alguien, pero no dudando y sabiendo lo que sentía le dije:
-Por siempre-
Y con un tímido encuentro de labios, con lo que para nosotros fue un gran beso de enamorados, grabamos la fotografía.
De golpe se me fue la nube y ahora Mariana estaba llorando detrás del vidrio.
Un agente de seguridad y un hombre de traje gris oscuro, que por su forma de hablar parecía tener cierta jerarquía en el banco, nos preguntó si todo estaba bien.
-Sí, disculpe, fue un momento de evasión..., me quedé en blanco..., gracias ya me retiro- respondí volviendo de nuevo al punto de partida.
Sin embargo, no se separaron de mí. La gente de la cola empezó a ponerse impaciente. Hubo quienes hicieron comentarios respecto a mi edad y a la dificultad que supuestamente me traía hacer ciertos trámites. Que facilidad la de algunos de decretar con palabras.
Acompañada de otra cajera mucho menor que Mariana, se fueron las dos caminando despacio, hablando muy bajo entre sollozos, como cuando una mujer consuela a su amiga viuda en un funeral.
Al llegar a una puerta se dieron vuelta y refiriéndose a mi Mariana me dijo: -Verte de nuevo fue un regalo. Dejemos que los niños bailen y se besen en 1950, porque fue lo único real; pero no empañemos el presente con un pasado tan distante. Guardame en un cajón con llave, Alfredo, y no lo vuelvas a abrir más. Quisiera saber yo cuántas veces te talaron, y cuanta resina de tu herida salió, esa es nuestra verdadera distancia.-
La ví alejarse e inmediatamente empecé a guardar mis impuestos. Saludé con un movimiento corto de cabeza al agente de seguridad y al otro de traje.
Estando ya en la calle busqué otra sucursal del Banco Provincia en donde poder pagar mis deudas atrasadas.